“Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y palparon nuestras manos
tocante a la Palabra de vida”, -“eso os contamos”- pues la Vida se manifestó, y
nosotros la hemos visto -“y hemos creído
en ella”-lo que hemos contemplado y oído, anunciamos, para que también ustedes
estén en comunión con nosotros. Y nosotros -”vivamos”- en comunión con el Padre
y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (Cf.
1 Juan 1, 1-4).
Un buen día, hermanos, en el camino de la
vida, nos encontramos con Cristo, verdad única e inamovible. Y esta certeza,
que nosotros, como predicadores y apóstoles, libremente hemos abrazado,
amándola incluso por encima de nuestra propia persona, se ha convertido, con el
transcurso del tiempo y los acontecimientos de nuestra historia personal, en un
Evangelio auténtico e irrefutable. Palabra de Dios y certeza incorruptible
sobre la que nadie, hoy, puede pleitearnos, puesto que esta verdad que
predicamos, está cimentada sobre la fe de los apóstoles, la sangre de los
mártires, y el testimonio de tantos hermanos nuestros, hijos de la iglesia
católica.
Esta es nuestra fe, creemos no sólo porque
hemos visto, sino porque nos hemos encontrado con Cristo y reconciliado con Él;
como hombres libres, salvados de la muerte y la esclavitud del pecado, fuimos
consagrados como misioneros, al servicio del Evangelio; por él, reconocemos a
Jesucristo, en nuestra vida, como Señor y Salvador, (cf. Juan 8, 32– Santiago
1, 21– Juan 17, 17– 1º Corintios 1, 21)- Y siendo así, todas y cada una de las
palabras, con las que acompañamos nuestra predicación, fueron pronunciadas
conforme a esa Verdad revelada a nuestro corazón por el Espíritu de Dios; un
corazón fiel, integro, justo (Cf Isaías 58, 13), santo (Cf. Zacarías 8, 3), que
camina en la verdad (Cf. 1º Reyes 2, 4. Isaías 38, 3) que observa la ley de
Dios (Cf Tobías 3, 5) y la cumple, dando testimonio de ella, con la propia
obediencia. Dios, nos ha llamado a servir como apóstoles y como mensajeros de
su justicia, predicando a los hombres su mensaje de salvación.
Como buena noticia, debe ser comunicada y
anunciada a tiempo y a destiempo, en cualquiera de los ámbitos en los que
habitualmente nos movemos, ya que forma parte del mensaje de salvación que Él,
nuestro Señor, quiere revelar al corazón de nuestro hermano, el hombre, “como
don de la gracia y la misericordia de Dios”. (Cf. Evangeli Nuntiandi).
Con este hombre, -”queridos hermanos”-
imagen de Dios en el tiempo presente,-“Adán de un tiempo nuevo”-, compartimos
nuestra predicación. Un individuo, al que llamamos y acogemos, desde nuestro
ministerio, como hermano; que ha sido bendecido, en su fragilidad, con el don
de la fe y el milagro de la vida. A esta criatura, obra perfecta que Dios
considera buena, que lucha cada día, no solo contra sí mismo y sus propias
inseguridades personales, contra las desgracias y adversidades de una época
como la actual, va dirigida nuestra exhortación. Sabemos, porque nos
reconocemos en él, que este hombre que acoge hoy nuestro mensaje, vive
acomodado en la apariencia y en lo superficial.
Por nuestra parte, voluntariamente, hemos aceptado
este llamado y nos hemos consagrado a este servicio, con alma y cuerpo; Dios
nos ha elegido con un propósito, anunciar la Buena Nueva del Evangelio. Nuestra
tarea, como también fue la de los primeros apóstoles en su tiempo, se presenta
dificultosa puesto que, nosotros, como este nuevo Adán, vivimos inmersos en una
realidad, la cotidiana, que pretende expropiarnos
nuestro derecho a creer, así como también, el libre ejercicio de la fe y la
esperanza futura. Reconocemos esta realidad y en nuestra lucha diaria, al
sobrevivir, vivimos dependientes, como el resto de los mortales, de nuestras
fragilidades, subordinados por los acontecimientos y la historia de los
hombres, en constante confrontación con esta sociedad desigual, sociedad que
promueve y realza, un modelo de vida en el que los valores y toda creencia en
Dios, ha desaparecido. Sabemos, porque lo hemos vivido en propia carne, que el
mundo rechaza nuestro mensaje y a quién nos envía y este rechazo, fruto del
agnosticismo y la incredulidad pretende, por encima del desarrollo de la
persona, incentivar en el corazón del hombre, la búsqueda de un falso
bienestar. Como sucedió en tiempos pasados, hoy, se nos etiqueta, somos hombres
y mujeres de Dios, necios por amor a Cristo (Cf. 1ª Corintios 4, 10); el éxito,
el dinero, la fama, ninguna de estas realidades terrenas forma parte de nuestro
día a día, esta no es la meta, que nos hemos propuesto alcanzar en nuestra vida.
No vivimos sometidos al parecer de los tiempos, bajo el dominio de lo
inmediato, pues si así fuera, nuestra capacidad de discernimiento y nuestro
deseo de conocer una realidad más elevada, hubieran sido perturbados por el
temor y la angustia (Cf Evangeli Nuntiandi), por el desconocimiento de nuestro
futuro.
Con este mundo, hermanos, que pretende
imponerle e imponernos, corrientes de pensamiento contrarias a nuestra fe
católica, que trata por todos los medios, de doblegar y corromper su espíritu,
así como nuestro ánimo, imponiéndole y obligándonos, a aceptar una falsa imagen
de Dios y de lo espiritual, que ansía contaminar su corazón y nuestra fe en
Cristo, forzándonos a aceptar un modelo de vida “light”, compartimos hoy
nuestra predicación.
Un mundo, que bajo el dominio del pecado,
nos permite ver en toda su crudeza, su rostro grotesco y desfigurado; las
distintas imágenes de la realidad actual: la violencia, en cualquiera de los
ámbitos en los que se manifiesta. La intolerancia, los extremismos y tantos
otros rostros deteriorados por los acontecimientos diarios; el aborto, la
eutanasia, la corrupción, la xenofobia, tantas imágenes que reflejan la pobreza
moral y espiritual reinante a nuestro alrededor, actualmente. Semblantes
desfigurados, por un falso concepto de lo moderno o lo liberal. Rostros
irreconocibles por el sufrimiento, que nos muestran al hombre de hoy, “hijo
pródigo” del que nos habla la Palabra en el Evangelio de Lucas, tan necesitado
de la misericordia del Padre, que con un corazón fiel nos espera
permanentemente, al borde del camino, toda la vida, amándonos y perdonándonos
continuamente, porque, aunque no lo creamos, Dios, no se cansa de perdonarnos si
volvemos a Él con el corazón arrepentido. (Cf. Papa Francisco).
Tantos hijos de Adán, hermanos nuestros,
que no conocen de la misericordia de nuestro padre Dios, que se declaran ateos
de corazón y de espíritu. Con sus rostros desfigurados por el dolor y el
sufrimiento cotidiano; tantos jóvenes que se han alejado del hogar paterno,
hijos de este mismo Dios, que han malgastado y despilfarrado su herencia, que
pasan hambre, que se conforman con la pobreza y las algarrobas, con grandes
necesidades. Jóvenes sin esperanza, decepcionados, heridos por el desafecto y
la ira de sus hermanos mayores, repudiados por una sociedad -”imagen de ese
hermano mayor”- que los trata con desigualdad, como material de usar y tirar.
En la actualidad, muchos de nuestros
hermanos, hijos de este mismo Dios, viven en la calle, en la más extrema de las
pobrezas; su hogar no tiene muros que le protejan del frio invierno, o techos,
que le cubran de la lluvia o la intemperie. Nuestros hermanos, en las plazas y
calles del mundo, como mera mercancía, cada día, se venden y se compran, como
género barato porque este es un mundo, en el que el hombre, vive esclavo del
dinero y todo lo material, seducido
por ambientes diversos. Un mundo, que ha
transformado su entorno y su ámbito personal, en-”un prostíbulo de pasiones y
malas inclinaciones”-.
(CONTINUA)

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