lunes, 21 de agosto de 2017

Apóstol de la Palabra

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y palparon nuestras manos tocante a la Palabra de vida”, -“eso os contamos”- pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto -“y  hemos creído en ella”-lo que hemos contemplado y oído, anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros -”vivamos”- en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (Cf. 1 Juan 1, 1-4).
Un buen día, hermanos, en el camino de la vida, nos encontramos con Cristo, verdad única e inamovible. Y esta certeza, que nosotros, como predicadores y apóstoles, libremente hemos abrazado, amándola incluso por encima de nuestra propia persona, se ha convertido, con el transcurso del tiempo y los acontecimientos de nuestra historia personal, en un Evangelio auténtico e irrefutable. Palabra de Dios y certeza incorruptible sobre la que nadie, hoy, puede pleitearnos, puesto que esta verdad que predicamos, está cimentada sobre la fe de los apóstoles, la sangre de los mártires, y el testimonio de tantos hermanos nuestros, hijos de la iglesia católica.
Esta es nuestra fe, creemos no sólo porque hemos visto, sino porque nos hemos encontrado con Cristo y reconciliado con Él; como hombres libres, salvados de la muerte y la esclavitud del pecado, fuimos consagrados como misioneros, al servicio del Evangelio; por él, reconocemos a Jesucristo, en nuestra vida, como Señor y Salvador, (cf. Juan 8, 32– Santiago 1, 21– Juan 17, 17– 1º Corintios 1, 21)- Y siendo así, todas y cada una de las palabras, con las que acompañamos nuestra predicación, fueron pronunciadas conforme a esa Verdad revelada a nuestro corazón por el Espíritu de Dios; un corazón fiel, integro, justo (Cf Isaías 58, 13), santo (Cf. Zacarías 8, 3), que camina en la verdad (Cf. 1º Reyes 2, 4. Isaías 38, 3) que observa la ley de Dios (Cf Tobías 3, 5) y la cumple, dando testimonio de ella, con la propia obediencia. Dios, nos ha llamado a servir como apóstoles y como mensajeros de su justicia, predicando a los hombres su mensaje de salvación.
Esta Buena Nueva, se ha convertido con el discurrir del tiempo, en el diario devenir de nuestra existencia, en fuente inagotable de conocimiento y en Palabra restauradora, sanadora y liberadora, para nosotros y para toda persona que la acoja libremente en su corazón. Verdad que ha colmado todas y cada una de nuestras muchas necesidades espirituales y materiales. La nuestra, es Palabra portadora de vida; Ella “anuncia la salvación, como un don de Dios que libera al hombre de todo aquello que le oprime” (Cf. Evangeli Evangeli Nuntiandi).
Como buena noticia, debe ser comunicada y anunciada a tiempo y a destiempo, en cualquiera de los ámbitos en los que habitualmente nos movemos, ya que forma parte del mensaje de salvación que Él, nuestro Señor, quiere revelar al corazón de nuestro hermano, el hombre, “como don de la gracia y la misericordia de Dios”. (Cf. Evangeli Nuntiandi).
Con este hombre, -”queridos hermanos”- imagen de Dios en el tiempo presente,-“Adán de un tiempo nuevo”-, compartimos nuestra predicación. Un individuo, al que llamamos y acogemos, desde nuestro ministerio, como hermano; que ha sido bendecido, en su fragilidad, con el don de la fe y el milagro de la vida. A esta criatura, obra perfecta que Dios considera buena, que lucha cada día, no solo contra sí mismo y sus propias inseguridades personales, contra las desgracias y adversidades de una época como la actual, va dirigida nuestra exhortación. Sabemos, porque nos reconocemos en él, que este hombre que acoge hoy nuestro mensaje, vive acomodado en la apariencia y en lo superficial.
Por nuestra parte, voluntariamente, hemos aceptado este llamado y nos hemos consagrado a este servicio, con alma y cuerpo; Dios nos ha elegido con un propósito, anunciar la Buena Nueva del Evangelio. Nuestra tarea, como también fue la de los primeros apóstoles en su tiempo, se presenta dificultosa puesto que, nosotros, como este nuevo Adán, vivimos inmersos en una realidad, la  cotidiana, que pretende expropiarnos nuestro derecho a creer, así como también, el libre ejercicio de la fe y la esperanza futura. Reconocemos esta realidad y en nuestra lucha diaria, al sobrevivir, vivimos dependientes, como el resto de los mortales, de nuestras fragilidades, subordinados por los acontecimientos y la historia de los hombres, en constante confrontación con esta sociedad desigual, sociedad que promueve y realza, un modelo de vida en el que los valores y toda creencia en Dios, ha desaparecido. Sabemos, porque lo hemos vivido en propia carne, que el mundo rechaza nuestro mensaje y a quién nos envía y este rechazo, fruto del agnosticismo y la incredulidad pretende, por encima del desarrollo de la persona, incentivar en el corazón del hombre, la búsqueda de un falso bienestar. Como sucedió en tiempos pasados, hoy, se nos etiqueta, somos hombres y mujeres de Dios, necios por amor a Cristo (Cf. 1ª Corintios 4, 10); el éxito, el dinero, la fama, ninguna de estas realidades terrenas forma parte de nuestro día a día, esta no es la meta, que nos hemos propuesto alcanzar en nuestra vida. No vivimos sometidos al parecer de los tiempos, bajo el dominio de lo inmediato, pues si así fuera, nuestra capacidad de discernimiento y nuestro deseo de conocer una realidad más elevada, hubieran sido perturbados por el temor y la angustia (Cf Evangeli Nuntiandi), por el desconocimiento de nuestro futuro.
Con este mundo, hermanos, que pretende imponerle e imponernos, corrientes de pensamiento contrarias a nuestra fe católica, que trata por todos los medios, de doblegar y corromper su espíritu, así como nuestro ánimo, imponiéndole y obligándonos, a aceptar una falsa imagen de Dios y de lo espiritual, que ansía contaminar su corazón y nuestra fe en Cristo, forzándonos a aceptar un modelo de vida “light”, compartimos hoy nuestra predicación.
Un mundo, que bajo el dominio del pecado, nos permite ver en toda su crudeza, su rostro grotesco y desfigurado; las distintas imágenes de la realidad actual: la violencia, en cualquiera de los ámbitos en los que se manifiesta. La intolerancia, los extremismos y tantos otros rostros deteriorados por los acontecimientos diarios; el aborto, la eutanasia, la corrupción, la xenofobia, tantas imágenes que reflejan la pobreza moral y espiritual reinante a nuestro alrededor, actualmente. Semblantes desfigurados, por un falso concepto de lo moderno o lo liberal. Rostros irreconocibles por el sufrimiento, que nos muestran al hombre de hoy, “hijo pródigo” del que nos habla la Palabra en el Evangelio de Lucas, tan necesitado de la misericordia del Padre, que con un corazón fiel nos espera permanentemente, al borde del camino, toda la vida, amándonos y perdonándonos continuamente, porque, aunque no lo creamos, Dios, no se cansa de perdonarnos si volvemos a Él con el corazón arrepentido. (Cf. Papa Francisco).
Tantos hijos de Adán, hermanos nuestros, que no conocen de la misericordia de nuestro padre Dios, que se declaran ateos de corazón y de espíritu. Con sus rostros desfigurados por el dolor y el sufrimiento cotidiano; tantos jóvenes que se han alejado del hogar paterno, hijos de este mismo Dios, que han malgastado y despilfarrado su herencia, que pasan hambre, que se conforman con la pobreza y las algarrobas, con grandes necesidades. Jóvenes sin esperanza, decepcionados, heridos por el desafecto y la ira de sus hermanos mayores, repudiados por una sociedad -”imagen de ese hermano mayor”- que los trata con desigualdad, como material de usar y tirar.
En la actualidad, muchos de nuestros hermanos, hijos de este mismo Dios, viven en la calle, en la más extrema de las pobrezas; su hogar no tiene muros que le protejan del frio invierno, o techos, que le cubran de la lluvia o la intemperie. Nuestros hermanos, en las plazas y calles del mundo, como mera mercancía, cada día, se venden y se compran, como género barato porque este es un mundo, en el que el hombre, vive esclavo del dinero y todo lo material,  seducido por  ambientes diversos. Un mundo, que ha transformado su entorno y su ámbito personal, en-”un prostíbulo de pasiones y malas inclinaciones”-.

(CONTINUA)

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"SINERGIA"

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