Cuántos
jóvenes, en la actualidad, alzan su voz, rompiendo con su grito desgarrador, el
silencio egoísta de aquellos que refugiados en la comodidad, solo viven para sí
mismo. De quienes protegidos por el conformismo, injustamente, han terminado
por clasificar a esta generación, como material de usar y tirar.
Y este sonido, para quien lo escucha por
primera vez, se vuelve angustioso, pues refleja todo el sufrimiento, el desasosiego
y la desesperanza, a la que cada día, están expuestos, una multitud ingente de
adolescentes y jóvenes, que por imposible que parezca, no han experimentado, en
sus vidas, la felicidad, de un modo
permanente.
¿Acaso?, - me pregunto- distraídos por los
distintos ruidos de nuestro alrededor, indiferentes, no escuchamos su grito de
auxilio, tal vez, quién sabe, sordos y ciegos, no apreciamos sus padecimientos.
Esta
verdad, que subyace en lo cotidiano de nuestra vida, debe rasgar el velo de
nuestros egoísmos y sacudir con violencia, nuestras conciencias dormidas. Romper
con lo establecido; el materialismo, el individualismo, el aislamiento, en el que
tantas veces, estamos condenados a vivir. La exclusión, la incomunicación, levantan
muros que nos impiden oír las voces de estos jóvenes, en medio de una sociedad
que los rechaza, simplemente, por ser y pensar de diferente manera a lo
establecido por la mayoría.
Obviamente,
todos nosotros, adultos y jóvenes, vivimos expuestos a continuos procesos de
cambio y transformación, tanto en el ámbito social, político, como también
religioso. El mundo gira vertiginosamente sobre sí mismo y cada uno de nosotros,
con él. Cada día, al levantarnos, hacemos frente a un cúmulo de dificultades;
el ser humano lucha por su supervivencia y en medio de todas nuestras batallas
personales, al sobrevivir, nos convertimos en testigos de todos y cada uno de los
cambios y acontecimientos de la historia actual. Desde este lugar, contemplamos
el nacimiento y desarrollo de nuevas modas, surgen formas de pensamiento
distintas a las nuestras, maneras de vivir la vida que van en contra de la
libertad y la naturaleza del propio hombre. Los avances tecnológicos, la globalización, el cambio climático, la
exaltación de la violencia, la guerra, la secularización, con la que a diario
estamos obligados a convivir. Así, como también, el relativismo, el inmovilismo
y la conformidad de tantos, además de la pobreza material, espiritual y humana
que nos rodea, tantas desigualdades sociales y morales, que forman parte de
nuestro paisaje cotidiano, de nuestras relaciones humanas, de nuestra
convivencia y a las que apenas, préstamos atención.
Todos
estos cambios, nos obligan a concebir y aceptar, un nuevo modelo de
convivencia, quizás menos auténtico y algo más artificial. Unos y otros, somos
diferentes, sentimos y nos manifestamos, de forma opuesta, pero todos y cada
uno de nosotros, sin excepción, estamos obligados a entendernos, a salvar las
distancias, a tender puentes, a dialogar con el otro, de otro modo, sino
fuésemos capaces de sobreponernos a las dificultades y alimentar la esperanza,
de acortar las distancias existentes, de salvaguardar al hombre, sobre todo
hoy, en medio de tanta indigencia. Lo contrario, irremediablemente, nos conduciría
hacia el precipicio, para caer en el abismo de la intransigencia y de nuestra
propia destrucción.
Y
en medio de este caos, cuando ya dábamos por hecho, que el hombre camina
irremediablemente, hacia su propia hecatombe, acompañado de tantos sonidos
discordantes, una voz, con acento peculiar, se alza con fuerza, en medio de la
indiferencia y el relativismo de una
sociedad, que camina hacia su propia devastación. Y este hombre, carismático,
rompe con lo establecido para hablarnos de esperanza, de la alegría del
encuentro con Jesucristo, nos invita a salir a la calle y hacer ruido, para
vencer las dificultades diarias con la fortaleza de la fe y la misericordia de
un dios encerrado por el hombre en lo privado, que es Padre y es amor, porque
eso, es lo que el hombre de hoy no conoce, el amor de Dios por su obra
perfecta, el hombre.
Pero
aunque nos parezca contradictorio, no todo el mundo está de acuerdo con lo que
él dice, no tiene la misma opinión, ni
los de la calle, ni aquellos que tiene más cerca, quizás porque utiliza un
lenguaje distinto al de la mayoría de los mortales para comunicarse. Sus gestos
y esta manera nueva de expresarse, han teñido de color la rutina de tantos
hombres y mujeres que habían perdido la ilusión y la fe, en una iglesia,
anclada en el tiempo. Gestos de esperanza como estrellas en el cielo, que
brillan con luz propia, en medio de la oscuridad y la desesperación de los que
han sido desahuciados por los poderes políticos y mediáticos, y por una
sociedad que solo busca su propia
ganancia. Igual que hizo hace dos mil años otro gran hombre, que se llamó a sí
mismo, hijo de Dios, que hizo oír su voz para denunciar la injusticia y la
opresión, a la que estaba sometido el hombre de su tiempo. Esta voz, que no ha
dejado de ser oída en el transcurrir del tiempo, se alza también hoy, en medio
de tantas voces incoherentes con un
propósito, dar testimonio de la Verdad.
Pero...
¿Quién le escucha? ¿Quién presta atención a este lenguaje nuevo?...Tal vez tú.
O yo, ¿quién sabe?
Y esa voz que se abre paso en medio de la
indiferencia, es la de nuestro querido papa Francisco; que no se cansa de tocar nuestras conciencias aisladas,
protegidas por los muros de la comodidad y el pecado de la omisión. La voz de
Francisco, es la voz y la conciencia de una parte importante de la iglesia, una
iglesia que sale a la calle, que se preocupa por la gente, con deseo de
renovación. Que acoge al necesitado y abre las puertas a todos, implicada en los problemas del hombre hoy,
que se preocupa, que se involucra, que se compromete y que tiene el valor de
corregir y reconocer sus pecados, pasados y presentes. Y este hombre, de origen
humilde, se ha convertido para muchos en un revolucionario, vestido de blanco,
que comparte mesa y comida con los más pobres. Que se preocupa por los más
jóvenes. Que denuncia las injusticias y las desigualdades existentes. Que pide
La Paz y rechaza la guerra.
Servir,
nos recuerda Francisco, es ejercer el poder: ejercer el poder de la acción,
sobre todo, contemplada desde el ejercicio del amor. Lo que dice nuestro
querido papa Francisco no forma parte del marketing de una empresa, previamente
elaborado por un equipo de trabajo, no forma parte de una campaña, el suyo no
es un eslogan publicitario. Su palabra
suena distinta porque debe vivirse de distinta forma. El papa, con la palabra,
comunica el pensamiento de Dios, a la
iglesia, al hombre y al mundo.
Yo,
desde el lugar que ocupo, siento, que formo parte de aquellos que escuchan la
voz del papa; como creyente y como evangelizadora, esta voz, con su lenguaje
sencillo forma parte de mí, de lo que yo soy, de todo lo que vivo a diario, de
lo que pienso y en lo que creo, y siendo así, no puedo permanecer en silencio,
ignorando la realidad presente. Como persona estoy obligada a vivir, desde el
ejercicio de mi propia libertad, la fe y dar testimonio público de ella;
también, estoy obligada a compartir esa misma fe con los demás, sin imponerla,
sin sentirla como una carga pesada, un
lastre para mi vida o un impedimento en
mis relaciones sociales y personales.
Yo,
siento, que tengo la obligación moral, de gritar al mundo que Jesús es mi
Salvador y el Dios de mi vida. Esta arrebatadora necesidad forma parte no sólo
de mi existencia, también de mi experiencia de fe, por lo tanto, no vivo esta
realidad personal como una imposición,
como una tara, como un peso que impide mi avance hacia el futuro, al contrario,
comparto libremente mi propia experiencia de salvación, en la forma que
Jesucristo me ha mostrado cada día; libremente, en el espacio y en el tiempo,
como un acontecimiento personal de Salvación que comparto habitualmente, con mi
hermano hombre.
Como
persona, me niego a rendirme, a conformarme con la realidad presente. Como
creyente, tengo fe en la iglesia y en sus pastores, pero también, no dejo de
reconocer, que muchas cosas deberían cambiar en ella. No obstante, yo, soy de
las que piensa que todo cambio o autocrítica, debe comenzar por uno mismo, soy
de las que piensa, que el cambio debe comenzar en mí primero y no en el otro,
así he llegado a preguntarme, en este
momento: ¿qué aportó yo para que este cambio sea una realidad, dentro de la
iglesia?
De
este modo, me he propuesto, primero, someterme al discernimiento de aquellos
que espiritualmente me acompañan, segundo, he ceñido mi cintura con la Verdad y
me he revestido de la justicia, he calzado mis pies con el celo por el
Evangelio de la Paz. (Cf. Efesios 6,14/15) Y emprendido un nuevo camino.
Mis
pies, acortan la distancia existente entre mi comodidad y las periferias, en
las que se encuentran hoy tantos jóvenes, los desheredados, los excluidos. Me
niego a dejarme vencer por la prosperidad, o la mediocridad, a creer que todo
está perdido, que nada merece la pena, que nada de lo que pueda hacer o decir
pueda tener valor para el otro, sino lo intento, no sabré nunca si soy capaz o
no, con ayuda de Dios, de cambiar la realidad presente.
Desearía,
poder ofrecer a los jóvenes una alternativa válida para su vida; que pudieran
experimentar a diario, en su historia, esa esperanza de la que habla Francisco.
Una esperanza que los libere de la esclavitud en la que viven, que le devuelva
la ilusión y la confianza en sí mismos y también, en el otro. Vencer la
desconfianza, las reticencias, acortar las distancias y tender puentes para
compartir, con cada uno de ellos, el consuelo y La Paz, que solamente en Cristo,
podemos hallar.
Hay
tantas cuestiones por dilucidar, tantas preguntas por contestar: ¿Qué espera el
mundo de estos jóvenes? ¿Y los jóvenes?, ¿qué esperan del mundo y de nosotros,
sus hermanos mayores? ¿Dónde ha quedado la sana alegría y la esperanza? ¿Por
qué no hay jóvenes en nuestras iglesias?, ¿por qué no van a misa? Acaso, unos y
otros, en lo personal, hemos perdido la capacidad de compadecernos por el otro.
Tal vez, como las multitudes, que buscaban a Jesús, con el deseo de ser sanados
de sus enfermedades físicas y espirituales, nosotros... "Sordos de corazón
" no oímos hoy el latido amoroso del corazón de Dios, que se compadece por
todos estos jóvenes que errantes, navegan por el océano de la incertidumbre,
sin tener un rumbo fijo para la larga travesía de su vida.
Debemos
sumergirnos en la misericordia de este amor que Dios nos muestra, confiar en Él
y dejar que su gracia fortalezca nuestro carácter, para que nos ayude a vencer
las dificultades del camino y nos impulse a la misión, porque debemos
comprender, que nada sucede, bueno o malo, sino es para bien de los que El ama.
Y entregarse, esperando cuando todos
desesperan, resistiendo cuando todos abandonan, amando aun cuando todos nos
desprecien.
Pienso,
que nuestra vida no es solo presencia, en la historia de los hombres, debe ser
también compromiso personal y hasta, en ocasiones, signo de controversia para
algunos. Las mentiras, la violencia, el engaño, forma parte de nosotros y de
nuestro día a día, esa es nuestra naturaleza y nuestro destino y aun así, en
medio de tanta basura y desigualdad, tanto fuera como dentro de la propia
iglesia, siento la necesidad de mostrar el rostro del Padre, este Dios, que
siendo Todopoderoso, toma la iniciativa en nuestra vida con un propósito, que
cada uno se salve.
Así,
busca al hombre, a su amigo, a su obra perfecta, a su creación sublime, a
ti, porque su único y mayor deseo, es
que tú seas feliz y puedas vivir una vida plena.
Hay
tantos que tienen sed, que tienen hambre y deseo de justicia... (Cf. Mateo 5,
ver 6)
……………………………………………………………......ellos
serán saciados...
Genoveva Perera Berenguer




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