martes, 29 de enero de 2019

El Señor te dice hoy,…


El Señor te dice hoy,…


‘Si!, a ti, joven. A ti que sufres en silencio por mi causa…alégrate y regocíjate, vístete de fiesta. Bienaventurado tú que has sido perseguido por mi causa, que has sido humillado por mi causa, que has sido juzgado por mi causa.
Yo te pido todo y te lo ofrezco todo, una vida verdadera, la felicidad para la cual fuiste creado.
No te conformes con una existencia mediocre, aguada, licuada. “Camina en mi presencia y se perfecto” (Génesis 17,1)
Te llamo a ti, como Centinela de la Mañana a vivir una existencia distinta, a ser diferente del resto de los mortales, a ser autentico y es que grandes cosas espero de ti. Aprovecha las oportunidades, enfréntate al destino, sortea los desafíos y acepta el combate. No tengas miedo, Yo estoy contigo ahora y siempre.


lunes, 23 de octubre de 2017

¿Vivimos como Renovación, la Espiritualidad de Pentecostés?

¿Vivimos como Renovación, la Espiritualidad de Pentecostés?

El pasado mes de febrero, concretamente los días 17 y 18, la Renovación Carismática Católica celebraba el cincuenta aniversario de su nacimiento, como corriente de gracia; acontecimiento, que tuvo como protagonistas, a un grupo de jóvenes y profesores, en un retiro de fin de semana, en la Universidad católica de Duquesne, Pittburgh, (Pensilvania). Este suceso extraordinario, que promueve y dirige el Espíritu Santo, ha cambiado el curso de la historia de tantos hombres y mujeres, que como yo, en el camino de sus vidas, se han encontrado con Cristo, en un seminario de vida en el espíritu.

Durante todos estos años, y ya son veinticinco, no me he cansado de repetir que esta Renovación, a la que amo profunda y sinceramente, lo ha sido todo para mi familia y para mí. Del mismo modo, puedo imaginar, que está vivencia mía, ha sido la misma de tantos creyentes, que como yo, en el pasado y el presente de su historia, continúan experimentando, la gozosa experiencia del encuentro con Cristo, Vivo y resucitado, en un grupo de la Renovación Carismática. Este es un misterio, que Dios, quiso compartir, en primer lugar, con mis hermanos de sangre, luego conmigo y también con mis padres, para concluir, con mi esposo. Tras veinticinco años de vivencia carismática, puedo decir que aún hoy, no he descifrado este enigma, que ha cautivado mi alma y robado mi corazón. Incluso en este momento, con la alabanza, puedo sentir cómo toda yo me estremezco y me emociono con el fuego de una pasión, que ha purificado todas y cada una de mis debilidades humanas, pasadas y presentes.
      
Pero, volvamos al inicio de este artículo, que pretende tener como protagonista a la R. C. C.

A comienzos de 1967, la segunda semana del mes de febrero, un grupo de veinticinco estudiantes, junto con el capellán del campus, dos moderadores de la facultad y una de sus esposas, participaron de un retiro espiritual en el centro conocido como el arca y la paloma.  Un retiro espiritual que cambiaría sus vidas. (Cf. Patti Gallagher Mansfield. Como un nuevo pentecostés). Poco tiempo después de ese fin de semana, uno de los dos consejeros de la facultad del Chi Rho escribió una carta a uno de sus amigos en la que contaba lo sucedido: ..." nos encontramos en un plano de vida cristiana que los libros de texto llaman normal, pero que la práctica de la lógica parece negar. Nuestra fe ha adquirido vida, nuestras creencias se han convertido en especie de conocimiento. De pronto, el mundo de lo sobrenatural se ha convertido en más real que natural. En resumen, Jesucristo es una persona real para nosotros, una persona viviente, real que es nuestro Señor y que toma parte activa nuestra vida. (Vean el Nuevo Testamento y léanlo como si fuera literalmente verdadero, en cada palabra, en cada línea). La oración y los sacramentos se han convertido realmente en nuestro pan de cada día, en vez de prácticas que reconocemos como "buenas para nosotros". Un amor por las escrituras, un amor por la iglesia que nunca creí posible, una transformación en nuestras relaciones con los demás, una necesidad y un poder de testimonio más allá de cualquier expectación, todo esto se ha convertido en parte de nuestra vida. La experiencia inicial del Bautismo en el Espíritu no fue del todo emocional, pero la vida se ha llenado de calma, confianza, dicha y paz"...

De este acontecimiento, han transcurrido, cincuenta años. Son muchos, ¿verdad? En la actualidad, tenemos conocimiento de lo sucedido en Duquesne, por el testimonio de los presentes. Sabemos, por sus palabras, que algo o alguien, cambió el rumbo de las vidas de estos estudiantes y profesores, que después de ese fin de semana, nunca volvieron a ser los mismos y esto, también, lo podríamos afirmar de nosotros, a raíz de nuestro encuentro con Jesucristo.

No obstante, en la actualidad, tengo la impresión, de que muchos de nuestros hermanos, han tirado la toalla. Después de tantos años de experimentar y testimoniar la presencia de Cristo en nuestra vida, abatidos y cansados de nadar en contra de la corriente del mundo, de luchar contra la voluntad de los hombres, han perdido la esperanza. ¿Quién sabe?, tal vez, en medio de nuestros deseos y luchas personales, cada uno de nosotros, debamos dejar obrar a ese mismo Espíritu, que cambió la vida de aquellos jóvenes y profesores universitarios; nosotros, al igual que ellos, anhelamos una manera nueva, distinta a la que hemos conocido hasta ahora, de vivir la fe, de experimentar a Dios en nuestra vida; resistir para no caer en el tedio y en el conformismo de una existencia sin Cristo. Tal vez, seducidos por ese noble deseo, como un acto de fe, debamos dejar obrar a Dios en nuestra vida y en nuestro corazón, para que sea posible la renovación de nuestro espíritu.

Aquellos estudiantes, -“al igual que hoy nos sucede a nosotros”-, no encontraban una sólida razón para su vida. Sin duda, en la actualidad, muchos de los nuestros, están viviendo, una situación similar a la de hace cincuenta años, como creyentes y como carismáticos en ejercicio, experimentamos, ese mismo estancamiento espiritual, no avanzamos; en muchas ocasiones, tenemos la impresión, de que no marchamos en la dirección correcta, porque una fuerza superior a nuestra a fe y nuestras fuerzas, nos impide avanzar en el camino de la fe.

Y Cansados de luchar cada día, exhaustos, de nadar contra la corriente de pesimismo que se ha instalado en nuestras comunidades, dejamos que esa corriente nos arrastre. Y sin tenemos libertad, no podemos continuar. Estancados en una realidad que apenas conocemos, paralizados por el miedo.

Este escenario, no solo, podemos verlo en nuestros grupos, también en nuestra vida a diario, puesto que esta realidad, de la que depende, tanto nuestro crecimiento humano como espiritual, se ha convertido, en una tara, añadida a nuestra historia, Un muro, que nos impide descubrir, la grandeza de un movimiento, del que apenas hemos percibido su extraordinaria belleza y del que se dijo en su momento, que fue la respuesta de Dios a la plegaria de la Iglesia y también, a la plegaria de tantas personas corrientes.

Decía, que durante años, he luchado, cada día, para que esta corriente de resignación y desesperanza, no se instalara en nuestras comunidades y en mi vida, sin conseguirlo. Hoy, aunque me duela el corazón, debo decir, que como una gran mayoría, hemos terminado por encogernos de hombros y resignarnos, con una espiritualidad de mantenimiento. .

Tal vez, quién sabe –“esta es una opinión personal”, cómo sucedió aquel fin de semana de febrero de  1967, con el grupo de estudiantes y profesores; debiéramos dejar al Espíritu, conducir nuestros pasos y al revés. Experimentar en nuestro interior, el anhelo y el deseo, a modo de búsqueda, como hicieron nuestros hermanos en Duquesne, para redescubrir y vivir con autenticidad, la espiritualidad de Pentecostés, la gracia transformante del Espíritu Santo, tanto en nuestras vidas, como también en su iglesia. Experimentar el primer fruto de la pasión y resurrección de Cristo, la “Efusión del Espíritu” el día de Pentecostés, con todo su poder.

 Todos sabemos, que la renovación es un movimiento que dentro de la iglesia, tiene un estilo y una espiritualidad específica. El cardenal Suenens dijo de nosotros en su momento: que estamos llamados a ser: “una corriente de gracia que permaneciendo fiel a su fuente, riegue y fertilice las vidas de tantas personas y comunidades para el bien común de toda la Iglesia Católica.”

lunes, 21 de agosto de 2017

Apóstol de la Palabra

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y palparon nuestras manos tocante a la Palabra de vida”, -“eso os contamos”- pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto -“y  hemos creído en ella”-lo que hemos contemplado y oído, anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros -”vivamos”- en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (Cf. 1 Juan 1, 1-4).
Un buen día, hermanos, en el camino de la vida, nos encontramos con Cristo, verdad única e inamovible. Y esta certeza, que nosotros, como predicadores y apóstoles, libremente hemos abrazado, amándola incluso por encima de nuestra propia persona, se ha convertido, con el transcurso del tiempo y los acontecimientos de nuestra historia personal, en un Evangelio auténtico e irrefutable. Palabra de Dios y certeza incorruptible sobre la que nadie, hoy, puede pleitearnos, puesto que esta verdad que predicamos, está cimentada sobre la fe de los apóstoles, la sangre de los mártires, y el testimonio de tantos hermanos nuestros, hijos de la iglesia católica.
Esta es nuestra fe, creemos no sólo porque hemos visto, sino porque nos hemos encontrado con Cristo y reconciliado con Él; como hombres libres, salvados de la muerte y la esclavitud del pecado, fuimos consagrados como misioneros, al servicio del Evangelio; por él, reconocemos a Jesucristo, en nuestra vida, como Señor y Salvador, (cf. Juan 8, 32– Santiago 1, 21– Juan 17, 17– 1º Corintios 1, 21)- Y siendo así, todas y cada una de las palabras, con las que acompañamos nuestra predicación, fueron pronunciadas conforme a esa Verdad revelada a nuestro corazón por el Espíritu de Dios; un corazón fiel, integro, justo (Cf Isaías 58, 13), santo (Cf. Zacarías 8, 3), que camina en la verdad (Cf. 1º Reyes 2, 4. Isaías 38, 3) que observa la ley de Dios (Cf Tobías 3, 5) y la cumple, dando testimonio de ella, con la propia obediencia. Dios, nos ha llamado a servir como apóstoles y como mensajeros de su justicia, predicando a los hombres su mensaje de salvación.

miércoles, 14 de junio de 2017

"El grito de los jóvenes"







Cuántos jóvenes, en la actualidad, alzan su voz, rompiendo con su grito desgarrador, el silencio egoísta de aquellos que refugiados en la comodidad, solo viven para sí mismo. De quienes protegidos por el conformismo, injustamente, han terminado por clasificar a esta generación, como material de usar y tirar.

 Y este sonido, para quien lo escucha por primera vez, se vuelve angustioso, pues refleja todo el sufrimiento, el desasosiego y la desesperanza, a la que cada día, están expuestos, una multitud ingente de adolescentes y jóvenes, que por imposible que parezca, no han experimentado, en sus vidas, la felicidad,  de un modo permanente.

 ¿Acaso?, - me pregunto- distraídos por los distintos ruidos de nuestro alrededor, indiferentes, no escuchamos su grito de auxilio, tal vez, quién sabe, sordos y ciegos,  no apreciamos sus padecimientos.

Esta verdad, que subyace en lo cotidiano de nuestra vida, debe rasgar el velo de nuestros egoísmos y sacudir con violencia, nuestras conciencias dormidas. Romper con lo establecido; el materialismo, el individualismo, el aislamiento, en el que tantas veces, estamos condenados a vivir. La exclusión, la incomunicación, levantan muros que nos impiden oír las voces de estos jóvenes, en medio de una sociedad que los rechaza, simplemente, por ser y pensar de diferente manera a lo establecido por la mayoría.

Obviamente, todos nosotros, adultos y jóvenes, vivimos expuestos a continuos procesos de cambio y transformación, tanto en el ámbito social, político, como también religioso. El mundo gira vertiginosamente sobre sí mismo y cada uno de nosotros, con él. Cada día, al levantarnos, hacemos frente a un cúmulo de dificultades; el ser humano lucha por su supervivencia y en medio de todas nuestras batallas personales, al sobrevivir, nos convertimos en testigos de todos y cada uno de los cambios y acontecimientos de la historia actual. Desde este lugar, contemplamos el nacimiento y desarrollo de nuevas modas, surgen formas de pensamiento distintas a las nuestras, maneras de vivir la vida que van en contra de la libertad y la naturaleza del propio hombre. Los avances tecnológicos,  la globalización, el cambio climático, la exaltación de la violencia, la guerra, la secularización, con la que a diario estamos obligados a convivir. Así, como también, el relativismo, el inmovilismo y la conformidad de tantos, además de la pobreza material, espiritual y humana que nos rodea, tantas desigualdades sociales y morales, que forman parte de nuestro paisaje cotidiano, de nuestras relaciones humanas, de nuestra convivencia y a las que apenas, préstamos atención.

Todos estos cambios, nos obligan a concebir y aceptar, un nuevo modelo de convivencia, quizás menos auténtico y algo más artificial. Unos y otros, somos diferentes, sentimos y nos manifestamos, de forma opuesta, pero todos y cada uno de nosotros, sin excepción, estamos obligados a entendernos, a salvar las distancias, a tender puentes, a dialogar con el otro, de otro modo, sino fuésemos capaces de sobreponernos a las dificultades y alimentar la esperanza, de acortar las distancias existentes, de salvaguardar al hombre, sobre todo hoy, en medio de tanta indigencia. Lo contrario, irremediablemente, nos conduciría hacia el precipicio, para caer en el abismo de la intransigencia y de nuestra propia destrucción.

Y en medio de este caos, cuando ya dábamos por hecho, que el hombre camina irremediablemente, hacia su propia hecatombe, acompañado de tantos sonidos discordantes, una voz, con acento peculiar, se alza con fuerza, en medio de la indiferencia  y el relativismo de una sociedad, que camina hacia su propia devastación. Y este hombre, carismático, rompe con lo establecido para hablarnos de esperanza, de la alegría del encuentro con Jesucristo, nos invita a salir a la calle y hacer ruido, para vencer las dificultades diarias con la fortaleza de la fe y la misericordia de un dios encerrado por el hombre en lo privado, que es Padre y es amor, porque eso, es lo que el hombre de hoy no conoce, el amor de Dios por su obra perfecta, el hombre.

Pero aunque nos parezca contradictorio, no todo el mundo está de acuerdo con lo que él dice, no tiene la misma opinión,  ni los de la calle, ni aquellos que tiene más cerca, quizás porque utiliza un lenguaje distinto al de la mayoría de los mortales para comunicarse. Sus gestos y esta manera nueva de expresarse, han teñido de color la rutina de tantos hombres y mujeres que habían perdido la ilusión y la fe, en una iglesia, anclada en el tiempo. Gestos de esperanza como estrellas en el cielo, que brillan con luz propia, en medio de la oscuridad y la desesperación de los que han sido desahuciados por los poderes políticos y mediáticos, y por una sociedad  que solo busca su propia ganancia. Igual que hizo hace dos mil años otro gran hombre, que se llamó a sí mismo, hijo de Dios, que hizo oír su voz para denunciar la injusticia y la opresión, a la que estaba sometido el hombre de su tiempo. Esta voz, que no ha dejado de ser oída en el transcurrir del tiempo, se alza también hoy, en medio de tantas voces  incoherentes con un propósito, dar testimonio de la Verdad.

Pero... ¿Quién le escucha? ¿Quién presta atención a este lenguaje nuevo?...Tal vez tú. O yo, ¿quién sabe?

 Y esa voz que se abre paso en medio de la indiferencia, es la de nuestro querido papa Francisco; que no se cansa de  tocar nuestras conciencias aisladas, protegidas por los muros de la comodidad y el pecado de la omisión. La voz de Francisco, es la voz y la conciencia de una parte importante de la iglesia, una iglesia que sale a la calle, que se preocupa por la gente, con deseo de renovación. Que acoge al necesitado y abre las puertas a todos,  implicada en los problemas del hombre hoy, que se preocupa, que se involucra, que se compromete y que tiene el valor de corregir y reconocer sus pecados, pasados y presentes. Y este hombre, de origen humilde, se ha convertido para muchos en un revolucionario, vestido de blanco, que comparte mesa y comida con los más pobres. Que se preocupa por los más jóvenes. Que denuncia las injusticias y las desigualdades existentes. Que pide La Paz y rechaza la guerra.

Servir, nos recuerda Francisco, es ejercer el poder: ejercer el poder de la acción, sobre todo, contemplada desde el ejercicio del amor. Lo que dice nuestro querido papa Francisco no forma parte del marketing de una empresa, previamente elaborado por un equipo de trabajo, no forma parte de una campaña, el suyo no es un eslogan publicitario.  Su palabra suena distinta porque debe vivirse de distinta forma. El papa, con la palabra, comunica el pensamiento de Dios, a  la iglesia, al hombre y al mundo.

Yo, desde el lugar que ocupo, siento, que formo parte de aquellos que escuchan la voz del papa; como creyente y como evangelizadora, esta voz, con su lenguaje sencillo forma parte de mí, de lo que yo soy, de todo lo que vivo a diario, de lo que pienso y en lo que creo, y siendo así, no puedo permanecer en silencio, ignorando la realidad presente. Como persona estoy obligada a vivir, desde el ejercicio de mi propia libertad, la fe y dar testimonio público de ella; también, estoy obligada a compartir esa misma fe con los demás, sin imponerla, sin sentirla como una carga pesada,  un lastre para mi vida o un impedimento en  mis relaciones sociales y personales.

Yo, siento, que tengo la obligación moral, de gritar al mundo que Jesús es mi Salvador y el Dios de mi vida. Esta arrebatadora necesidad forma parte no sólo de mi existencia, también de mi experiencia de fe, por lo tanto, no vivo esta realidad  personal como una imposición, como una tara, como un peso que impide mi avance hacia el futuro, al contrario, comparto libremente mi propia experiencia de salvación, en la forma que Jesucristo me ha mostrado cada día; libremente, en el espacio y en el tiempo, como un acontecimiento personal de Salvación que comparto habitualmente, con mi hermano hombre.

Como persona, me niego a rendirme, a conformarme con la realidad presente. Como creyente, tengo fe en la iglesia y en sus pastores, pero también, no dejo de reconocer, que muchas cosas deberían cambiar en ella. No obstante, yo, soy de las que piensa que todo cambio o autocrítica, debe comenzar por uno mismo, soy de las que piensa, que el cambio debe comenzar en mí primero y no en el otro, así he llegado a preguntarme,  en este momento: ¿qué aportó yo para que este cambio sea una realidad, dentro de la iglesia?

De este modo, me he propuesto, primero, someterme al discernimiento de aquellos que espiritualmente me acompañan, segundo, he ceñido mi cintura con la Verdad y me he revestido de la justicia, he calzado mis pies con el celo por el Evangelio de la Paz. (Cf. Efesios 6,14/15) Y emprendido un nuevo camino.

Mis pies, acortan la distancia existente entre mi comodidad y las periferias, en las que se encuentran hoy tantos jóvenes, los desheredados, los excluidos. Me niego a dejarme vencer por la prosperidad, o la mediocridad, a creer que todo está perdido, que nada merece la pena, que nada de lo que pueda hacer o decir pueda tener valor para el otro, sino lo intento, no sabré nunca si soy capaz o no, con ayuda de Dios, de cambiar la realidad presente.

Desearía, poder ofrecer a los jóvenes una alternativa válida para su vida; que pudieran experimentar a diario, en su historia, esa esperanza de la que habla Francisco. Una esperanza que los libere de la esclavitud en la que viven, que le devuelva la ilusión y la confianza en sí mismos y también, en el otro. Vencer la desconfianza, las reticencias, acortar las distancias y tender puentes para compartir, con cada uno de ellos, el consuelo y La Paz, que solamente en Cristo, podemos hallar.

Hay tantas cuestiones por dilucidar, tantas preguntas por contestar: ¿Qué espera el mundo de estos jóvenes? ¿Y los jóvenes?, ¿qué esperan del mundo y de nosotros, sus hermanos mayores? ¿Dónde ha quedado la sana alegría y la esperanza? ¿Por qué no hay jóvenes en nuestras iglesias?, ¿por qué no van a misa? Acaso, unos y otros, en lo personal, hemos perdido la capacidad de compadecernos por el otro. Tal vez, como las multitudes, que buscaban a Jesús, con el deseo de ser sanados de sus enfermedades físicas y espirituales, nosotros... "Sordos de corazón " no oímos hoy el latido amoroso del corazón de Dios, que se compadece por todos estos jóvenes que errantes, navegan por el océano de la incertidumbre, sin tener un rumbo fijo para la larga travesía de su vida.

Debemos sumergirnos en la misericordia de este amor que Dios nos muestra, confiar en Él y dejar que su gracia fortalezca nuestro carácter, para que nos ayude a vencer las dificultades del camino y nos impulse a la misión, porque debemos comprender, que nada sucede, bueno o malo, sino es para bien de los que El ama.

 Y entregarse, esperando cuando todos desesperan, resistiendo cuando todos abandonan, amando aun cuando todos nos desprecien.

Pienso, que nuestra vida no es solo presencia, en la historia de los hombres, debe ser también compromiso personal y hasta, en ocasiones, signo de controversia para algunos. Las mentiras, la violencia, el engaño, forma parte de nosotros y de nuestro día a día, esa es nuestra naturaleza y nuestro destino y aun así, en medio de tanta basura y desigualdad, tanto fuera como dentro de la propia iglesia, siento la necesidad de mostrar el rostro del Padre, este Dios, que siendo Todopoderoso, toma la iniciativa en nuestra vida con un propósito, que cada uno se salve.

Así, busca al hombre, a su amigo, a su obra perfecta, a su creación sublime, a ti,  porque su único y mayor deseo, es que tú seas feliz y puedas vivir una vida plena.

Hay tantos que tienen sed, que tienen hambre y deseo de justicia... (Cf. Mateo 5, ver 6)

……………………………………………………………......ellos serán saciados...


Genoveva Perera Berenguer

miércoles, 27 de julio de 2016

ENTRADA 1





Q. Haría Teresa?...


El cinco de septiembre de mil novecientos noventa y siete moría la madre Teresa de Calcuta. Los primeros en llorar su perdida, fueron todos aquellos pobres y enfermos a los que ella acogió y cuidó durante años como hermana de la caridad. La gente sencilla, cuyo único hogar conocido había sido la calle, aquellos a los que la sociedad consideraba intocables y había desahuciado, condenando a morir en el abandono y el olvido de las conciencias, de hambre y de sed, en la más extrema de las pobrezas. Abandonada, completamente en Dios, la madre Teresa hizo del servicio a los demás, a los más pobres, a los olvidados, a los enfermos de sida y de lepra, a los moribundos, su vida. Vivió y murió convirtiendo su existencia en un Evangelio viviente.



Como decía, las primeras personas en llorar tan lamentable pérdida, fueron aquellos que habían conocido y experimentado, la hondura del amor con el que esta pequeña mujer los acogía, no sólo en su corazón, también en hogares en los que encontraban la calidez y la protección que no tenían en las calles. Ella les abrazaba, les sonreía con ternura, les limpiaba la mugre del cuerpo, les procuraba el alimento y las medicinas que necesitaban para sobrevivir, en definitiva, les mostraba el inmenso amor que como hijos, Dios tenía para cada uno de ellos. No sólo curaba las heridas del cuerpo, aquellas que podían verse, también esa otra clase de heridas, que el ojo humano era incapaz de advertir. Los desheredados y olvidados, fueron los que desde un principio, dieron testimonio de su santidad.

Cuántos de nosotros hoy, como aquellos indigentes de Calcuta, hemos sido “descartados” o “etiquetados” por una sociedad injusta y materialista. Abandonados a nuestra suerte. 

Posiblemente, nuestros pueblos y ciudades, no reflejen la misma pobreza de las calles de la India. Sin duda, muchos de nosotros, actualmente, vivimos sumergidos bajo las profundidades de un océano que llamaremos existencia. Y en esta inmensidad, realidad devoradora y desesperanzadora, que a diario surcamos como barcas a la deriva, apenas tenemos tiempo para compartir unos con otros, los ámbitos dónde la persona se realiza, crece y también, participa habitualmente. La familia, el trabajo, las muchas obligaciones y el poco tiempo libre del que disponemos y que cada cual, distribuye como quiere y que forman parte de lo cotidiano y lo individual.

Pero, imaginemos, si durante un instante, pudiéramos parar el reloj de nuestra existencia, si durante unos segundos detuviéramos el tictac de la rutina, para contemplar el paisaje urbano: paisaje en el que a diario, junto a otras muchas personas, “caminantes anónimos como nosotros en el sendero de la vida”, ¿qué veríamos? Seguramente, sin tanta prisa, seriamos capaces de advertir a nuestro alrededor, otra clase de pobreza, muy distinta con la que Teresa luchaba cada día, quizás menos llamativa pero igualmente detestable, en las calles de nuestras ciudades. Si, en la tuya y en la mía, una pobreza que disfrazada de riqueza y opulencia, de consumismo y hedonismo se oculta tras el tupido velo de nuestras inseguridades personales, en nuestro paisaje urbano. Hablo de las distintas periferias humanas, con las que a diario, como hombres, tenemos que luchar para poder sobrevivir, la existencial y la geográfica.

La nuestra es una pobreza distinta, si pero no menos extrema; nosotros, aunque nos cueste reconocerlo, también tenemos “intocables”, aunque nos cueste creerlo, porque aquí, también hay indigentes que sobreviven en medio de la basura y la porquería de otros, gente que vive en la calle, que no conoce otro tipo de seguridades, sin un techo con el que cubrir sus calamidades.

Tras ese tímido velo que protege nuestros miedos, al mirar, podríamos ver el dolor, presente en la vida de tantas personas anónimas, el sufrimiento y la injusticia que padecen, la ignorancia disfrazada de modernidad, la felicidad con marca de móvil. Todos esos condicionantes que forman parte de nuestra naturaleza humana, porque el hombre de hoy, vive con el corazón dividido entre la riqueza y la pobreza. En la actualidad, contemplamos la realidad subyacente en tantos hogares de Canarias, la violencia, las drogas, la falta de valores. Familias desestructuradas, padres y madres incapaces de hacer frente al coste de su supervivencia, hombres y mujeres que son discriminadas, social y moralmente, simplemente por su pobreza.

Paralelamente a esta realidad están los jóvenes, los hijos de la violencia y la anarquía, del desorden de sus progenitores, excluidos de este universo inexplorado en el que a diario nos movemos. Jóvenes constantemente expuestos al juicio de una sociedad carente de valores e ideales, en la que el placer, el éxito, las seguridades y el egoísmo son los rasgos característicos del tiempo que vivimos.

Pero hay otra realidad semejante a nuestro alrededor, de la que tú y yo somos testigos, la tuya y la mía, que necesita ser transformada, en mi caso, por un apalabra de esperanza; esperanza que no sólo encuentro en el ejercicio de la caridad, expresada y comunicada desde la fe. Soy católica y como tal, me pregunto y te pregunto: ¿tienes el valor necesario para salir de la comodidad que te aturde y te paraliza hoy?

Salir a las calles del mundo, a tu Calcuta particular, como hizo Teresa. Expuesta a los constantes peligros del camino, sin seguridades, para abrazar al que sufre, cuidar al enfermo, besar sus llagas y al leproso, limpiar sus ulceras, brindar una sonrisa al desvalido, la acogida y el amor a tantos jóvenes, que han sido desahuciados por el mundo hoy, por una sociedad que los ha condenado al olvido, porque necesitan recuperar su dignidad en este hospital de campaña que es la iglesia. Salir con la confianza puesta únicamente en Dios.

Transmitir con tu propio testimonio, la fuerza sanadora y restauradora del amor de Dios, amor que solamente Él puede dar a quién lo necesita. Porque está bien, eso de prepararse para la nueva evangelización, para la salida, pero si dedicamos todo nuestro tiempo a esta empresa, ¿qué tiempo tenemos para el ejercicio de la misericordia en nuestra vida? y en nuestra vivencia del Evangelio sino es, abrazando y consolando al que sufre, pues las calles de nuestras ciudades, están llenas de jóvenes con carencias, que viven en extrema pobreza , cono “intocables” en medio de una sociedad rica y opulenta, expuestos a tantas pandemias y enfermedades que merman su anhelo de vivir en libertad.

Testimoniar la radicalidad del Evangelio en nuestra vida, igual que hizo la madre Teresa. Esa vivencia radical era lo que la hacía ser tan aclamada por las masas, tan valorada por todos los que la conocían, incluso por algunos de sus detractores, Ni su elocuencia, ni sus palabras, que según cuentan eran bastante sencillas, sino más bien, lo más llamativo en ella era su forma de “poner el amor en acción”, según enseñó Jesús. Esta humilde mujer, de pequeña estatura, comprendió y vivió mejor que nadie el mensaje del Evangelio. 

Valor, coraje, determinación para vivir el Evangelio, con la familia, en el trabajo, en la calles de nuestra vida: sin ocultarnos, sin conformamos, sin avergonzarnos, sin miedo. Cualquier momento puede ser bueno para dar a conocer el Evangelio, cuanto mejor, en este momento, en nuestra vida, como apóstoles al servicio de esa Palabra para transformar, renovar y cambiar todo aquello que no da fruto en nuestra vida, porque de otro modo, ¿cómo vamos a sembrar vida en los demás? Solamente puedo darte una respuesta: dejando que el amor de Dios nos transfigure en otro Cristo, para dar ese mismo amor al otro, al necesitado. 

Vivir con radicalidad el EVANGELIO, esta postura, sin duda, puede ser despreciable para unos pocos pero para nosotros, servir a los demás debe ser una muestra de amor, un ejemplo de esa radicalidad manifestado en nuestro día a día, con nuestra propia vida. Porque cuántos de estos pequeños-“jóvenes”- no son deseados, ni amados, pero si repudiados y apartados, cuántos no han experimentado o conocido, ni tan si quiera el significado del amor, cuántos tienen hambre y sed de Dios en su alma, castigada por el consumismo y el hedonismo imperantes actualmente en la sociedad moderna. Cuántos son rechazados por nosotros, la iglesia practicante, tan sólo por su forma de vestir, por sus tatuajes o sus piercing, por su condición, olvidando una verdad muy importante, ¡que son hijos de Dios y hermanos nuestros!

Más el amor vence todas las dificultades, todas estas barreras, acorta las distancias. El amor, es el puente que Dios ha tendido desde el cielo a la tierra para que el hombre no se sienta solo.

La incomprensión, el rechazo, la violencia, tanto de un lado, como del otro, porque no debemos ignorar que también, los jóvenes rechazan hoy la imagen de un Dios y una iglesia, que como madre está constantemente tendiendo sus brazos al hombre de hoy. 

Jóvenes que han crecido en las periferias del mundo que hoy denunciamos, un mundo que les ha mostrado el rostro deforme de Dios, que nada tiene de cercano y si, de cruel y castigador. A veces, esta voz, que personaliza el grito de tantos inocentes, se vuelve violenta quizás, porque ellos no conocen otra forma de expresarse, o de comunicarse sino es con la violencia y la ira, con el rechazo con que primeramente fueron tratados por los mayores.

Si Teresa recorriera hoy nuestras calles qué haría: seguramente diría que cada persona es un hijo de Dios, creado para amar y ser amado; efectivamente, todos somos hijos del mismo Padre amoroso y como ella, confiamos en que todos lleguen a conocer y vivir esta verdad.

Vivir con radicalidad el Evangelio, con autenticidad y transparencia, respetando al otro, amando al que no te ama, ¡sí!, incluso a ese que te persigue y te calumnia, al que no hace nada y se convierte en cómplice de esta injusticia. Misioneros del Evangelio, en medio de una sociedad que camina siempre al borde del precipicio. Dando testimonio del verdadero rostro de la iglesia, porque somos católicos y nuestra madre en la fe nos ha dado a luz con nuestro bautismo, siendo antorcha para nuestros pasos. Porque no estamos muertos y tenemos que compartir la vida que hay en nosotros y que recibimos con la gracia del bautismo.

Como hombres tenemos miedo a lo desconocido, al sufrimiento, al rechazo, al que dirán, no es fácil, lo sé, ya lo dijo Jesús: Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. : (Cf. Mateo 5: 11). Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; (Cf. Mateo 5: 12)

Desde mi realidad personal, contemplo los distintos rostros de la sociedad hoy: “Un mundo que bajo el dominio del pecado, nos permite ver en toda su crudeza, su rostro grotesco y desfigurado; las distintas imágenes de la realidad actual: la violencia, en cualquiera de los ámbitos en los que se manifiesta. La intolerancia, los extremismos y tantos otros rostros deteriorados por los acontecimientos; el aborto, la eutanasia, la corrupción, la xenofobia, tantas imágenes que reflejan la pobreza existente socialmente. Semblantes desfigurados, por un falso concepto de lo moderno o lo liberal. Rostros irreconocibles por el sufrimiento, que nos muestran al hombre de hoy, “hijo prodigo” del que nos habla la Palabra en el Evangelio de Lucas, tan necesitado de la misericordia del Padre, que con un corazón fiel nos espera toda la vida, amándonos y perdonándonos continuamente, porque Dios, no se cansa de perdonarnos si volvemos a Él con el corazón arrepentido. (Cf. Papa Francisco)”. (Cf. Original, Apóstol de la Palabra, autora Genoveva Perera Berenguer)

Teresa de Calcuta decía de sí misma: no estoy llamada a tener éxito, sino a ser fiel.

Debemos ser fieles, al Evangelio, a nuestra vocación, al llamado que nuestro querido papa Francisco nos hace a cada uno, como iglesia universal y en salida, porque Dios ha mirado nuestra pobreza y se ha hecho carne en ella, en el que sufre, en el enfermo, en el joven. Fidelidad y confianza en Dios, en lugar de perderse en los resultados o en la popularidad porque no es cuestión de prestigio, sino de servicio, de ocupar el último lugar, de amar más para cuidar y proteger al necesitado porque todo lo que hagamos lo hacemos por alguien, por Jesús. Solamente El haría que nuestro humilde servicio pueda dar fruto en el necesitado (Cf. Mt 25, ver 40)

En mi corazón, hoy, hay una profunda y elocuente certeza, que cualquier logro es de Dios porque solo en nuestra nada Él puede mostrar su grandeza. Dejar que Él nos conduzca cada día, testimoniando a Cristo entre los jóvenes que no le conocen.

Un buen día, Nicodemo, a altas horas de la noche, se acerca a Jesús y le dice:” Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él."

"En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios." – Respondió Jesús.

"¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?"-Nicodemo preguntó nuevamente a Jesús.

"En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. (Cf. Juan 3, ver 1-21)

Del agua y del Espíritu. Estas dos realidades tan opuestas entre si tienen algo en común, carecen de cuerpo físico pero tienen naturaleza, ambas confirman en mi vida aquello que proféticamente, mi hermano Noel, compartió conmigo en uno de sus pasados encuentros. Para llegar a este conocimiento personal de Dios y de su Palabra, he tenido que vivir mi propia kénosis personal.

Dolor, sufrimiento y rechazo porque no cediendo a los pareceres cambiantes de otros, opté por vivir la radicalidad del Evangelio, sirviendo y amando, en mi caso, a jóvenes con problemas.

Nacer de nuevo, para descubrir a Jesús en mi vida de un modo distinto, compartiendo con El, la sed de amor que los jóvenes hoy tienen de Dios.


Genoveva Perera Berenguer.

"SINERGIA"

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