miércoles, 27 de julio de 2016

Q. Haría Teresa?...


El cinco de septiembre de mil novecientos noventa y siete moría la madre Teresa de Calcuta. Los primeros en llorar su perdida, fueron todos aquellos pobres y enfermos a los que ella acogió y cuidó durante años como hermana de la caridad. La gente sencilla, cuyo único hogar conocido había sido la calle, aquellos a los que la sociedad consideraba intocables y había desahuciado, condenando a morir en el abandono y el olvido de las conciencias, de hambre y de sed, en la más extrema de las pobrezas. Abandonada, completamente en Dios, la madre Teresa hizo del servicio a los demás, a los más pobres, a los olvidados, a los enfermos de sida y de lepra, a los moribundos, su vida. Vivió y murió convirtiendo su existencia en un Evangelio viviente.



Como decía, las primeras personas en llorar tan lamentable pérdida, fueron aquellos que habían conocido y experimentado, la hondura del amor con el que esta pequeña mujer los acogía, no sólo en su corazón, también en hogares en los que encontraban la calidez y la protección que no tenían en las calles. Ella les abrazaba, les sonreía con ternura, les limpiaba la mugre del cuerpo, les procuraba el alimento y las medicinas que necesitaban para sobrevivir, en definitiva, les mostraba el inmenso amor que como hijos, Dios tenía para cada uno de ellos. No sólo curaba las heridas del cuerpo, aquellas que podían verse, también esa otra clase de heridas, que el ojo humano era incapaz de advertir. Los desheredados y olvidados, fueron los que desde un principio, dieron testimonio de su santidad.

Cuántos de nosotros hoy, como aquellos indigentes de Calcuta, hemos sido “descartados” o “etiquetados” por una sociedad injusta y materialista. Abandonados a nuestra suerte. 

Posiblemente, nuestros pueblos y ciudades, no reflejen la misma pobreza de las calles de la India. Sin duda, muchos de nosotros, actualmente, vivimos sumergidos bajo las profundidades de un océano que llamaremos existencia. Y en esta inmensidad, realidad devoradora y desesperanzadora, que a diario surcamos como barcas a la deriva, apenas tenemos tiempo para compartir unos con otros, los ámbitos dónde la persona se realiza, crece y también, participa habitualmente. La familia, el trabajo, las muchas obligaciones y el poco tiempo libre del que disponemos y que cada cual, distribuye como quiere y que forman parte de lo cotidiano y lo individual.

Pero, imaginemos, si durante un instante, pudiéramos parar el reloj de nuestra existencia, si durante unos segundos detuviéramos el tictac de la rutina, para contemplar el paisaje urbano: paisaje en el que a diario, junto a otras muchas personas, “caminantes anónimos como nosotros en el sendero de la vida”, ¿qué veríamos? Seguramente, sin tanta prisa, seriamos capaces de advertir a nuestro alrededor, otra clase de pobreza, muy distinta con la que Teresa luchaba cada día, quizás menos llamativa pero igualmente detestable, en las calles de nuestras ciudades. Si, en la tuya y en la mía, una pobreza que disfrazada de riqueza y opulencia, de consumismo y hedonismo se oculta tras el tupido velo de nuestras inseguridades personales, en nuestro paisaje urbano. Hablo de las distintas periferias humanas, con las que a diario, como hombres, tenemos que luchar para poder sobrevivir, la existencial y la geográfica.

La nuestra es una pobreza distinta, si pero no menos extrema; nosotros, aunque nos cueste reconocerlo, también tenemos “intocables”, aunque nos cueste creerlo, porque aquí, también hay indigentes que sobreviven en medio de la basura y la porquería de otros, gente que vive en la calle, que no conoce otro tipo de seguridades, sin un techo con el que cubrir sus calamidades.

Tras ese tímido velo que protege nuestros miedos, al mirar, podríamos ver el dolor, presente en la vida de tantas personas anónimas, el sufrimiento y la injusticia que padecen, la ignorancia disfrazada de modernidad, la felicidad con marca de móvil. Todos esos condicionantes que forman parte de nuestra naturaleza humana, porque el hombre de hoy, vive con el corazón dividido entre la riqueza y la pobreza. En la actualidad, contemplamos la realidad subyacente en tantos hogares de Canarias, la violencia, las drogas, la falta de valores. Familias desestructuradas, padres y madres incapaces de hacer frente al coste de su supervivencia, hombres y mujeres que son discriminadas, social y moralmente, simplemente por su pobreza.

Paralelamente a esta realidad están los jóvenes, los hijos de la violencia y la anarquía, del desorden de sus progenitores, excluidos de este universo inexplorado en el que a diario nos movemos. Jóvenes constantemente expuestos al juicio de una sociedad carente de valores e ideales, en la que el placer, el éxito, las seguridades y el egoísmo son los rasgos característicos del tiempo que vivimos.

Pero hay otra realidad semejante a nuestro alrededor, de la que tú y yo somos testigos, la tuya y la mía, que necesita ser transformada, en mi caso, por un apalabra de esperanza; esperanza que no sólo encuentro en el ejercicio de la caridad, expresada y comunicada desde la fe. Soy católica y como tal, me pregunto y te pregunto: ¿tienes el valor necesario para salir de la comodidad que te aturde y te paraliza hoy?

Salir a las calles del mundo, a tu Calcuta particular, como hizo Teresa. Expuesta a los constantes peligros del camino, sin seguridades, para abrazar al que sufre, cuidar al enfermo, besar sus llagas y al leproso, limpiar sus ulceras, brindar una sonrisa al desvalido, la acogida y el amor a tantos jóvenes, que han sido desahuciados por el mundo hoy, por una sociedad que los ha condenado al olvido, porque necesitan recuperar su dignidad en este hospital de campaña que es la iglesia. Salir con la confianza puesta únicamente en Dios.

Transmitir con tu propio testimonio, la fuerza sanadora y restauradora del amor de Dios, amor que solamente Él puede dar a quién lo necesita. Porque está bien, eso de prepararse para la nueva evangelización, para la salida, pero si dedicamos todo nuestro tiempo a esta empresa, ¿qué tiempo tenemos para el ejercicio de la misericordia en nuestra vida? y en nuestra vivencia del Evangelio sino es, abrazando y consolando al que sufre, pues las calles de nuestras ciudades, están llenas de jóvenes con carencias, que viven en extrema pobreza , cono “intocables” en medio de una sociedad rica y opulenta, expuestos a tantas pandemias y enfermedades que merman su anhelo de vivir en libertad.

Testimoniar la radicalidad del Evangelio en nuestra vida, igual que hizo la madre Teresa. Esa vivencia radical era lo que la hacía ser tan aclamada por las masas, tan valorada por todos los que la conocían, incluso por algunos de sus detractores, Ni su elocuencia, ni sus palabras, que según cuentan eran bastante sencillas, sino más bien, lo más llamativo en ella era su forma de “poner el amor en acción”, según enseñó Jesús. Esta humilde mujer, de pequeña estatura, comprendió y vivió mejor que nadie el mensaje del Evangelio. 

Valor, coraje, determinación para vivir el Evangelio, con la familia, en el trabajo, en la calles de nuestra vida: sin ocultarnos, sin conformamos, sin avergonzarnos, sin miedo. Cualquier momento puede ser bueno para dar a conocer el Evangelio, cuanto mejor, en este momento, en nuestra vida, como apóstoles al servicio de esa Palabra para transformar, renovar y cambiar todo aquello que no da fruto en nuestra vida, porque de otro modo, ¿cómo vamos a sembrar vida en los demás? Solamente puedo darte una respuesta: dejando que el amor de Dios nos transfigure en otro Cristo, para dar ese mismo amor al otro, al necesitado. 

Vivir con radicalidad el EVANGELIO, esta postura, sin duda, puede ser despreciable para unos pocos pero para nosotros, servir a los demás debe ser una muestra de amor, un ejemplo de esa radicalidad manifestado en nuestro día a día, con nuestra propia vida. Porque cuántos de estos pequeños-“jóvenes”- no son deseados, ni amados, pero si repudiados y apartados, cuántos no han experimentado o conocido, ni tan si quiera el significado del amor, cuántos tienen hambre y sed de Dios en su alma, castigada por el consumismo y el hedonismo imperantes actualmente en la sociedad moderna. Cuántos son rechazados por nosotros, la iglesia practicante, tan sólo por su forma de vestir, por sus tatuajes o sus piercing, por su condición, olvidando una verdad muy importante, ¡que son hijos de Dios y hermanos nuestros!

Más el amor vence todas las dificultades, todas estas barreras, acorta las distancias. El amor, es el puente que Dios ha tendido desde el cielo a la tierra para que el hombre no se sienta solo.

La incomprensión, el rechazo, la violencia, tanto de un lado, como del otro, porque no debemos ignorar que también, los jóvenes rechazan hoy la imagen de un Dios y una iglesia, que como madre está constantemente tendiendo sus brazos al hombre de hoy. 

Jóvenes que han crecido en las periferias del mundo que hoy denunciamos, un mundo que les ha mostrado el rostro deforme de Dios, que nada tiene de cercano y si, de cruel y castigador. A veces, esta voz, que personaliza el grito de tantos inocentes, se vuelve violenta quizás, porque ellos no conocen otra forma de expresarse, o de comunicarse sino es con la violencia y la ira, con el rechazo con que primeramente fueron tratados por los mayores.

Si Teresa recorriera hoy nuestras calles qué haría: seguramente diría que cada persona es un hijo de Dios, creado para amar y ser amado; efectivamente, todos somos hijos del mismo Padre amoroso y como ella, confiamos en que todos lleguen a conocer y vivir esta verdad.

Vivir con radicalidad el Evangelio, con autenticidad y transparencia, respetando al otro, amando al que no te ama, ¡sí!, incluso a ese que te persigue y te calumnia, al que no hace nada y se convierte en cómplice de esta injusticia. Misioneros del Evangelio, en medio de una sociedad que camina siempre al borde del precipicio. Dando testimonio del verdadero rostro de la iglesia, porque somos católicos y nuestra madre en la fe nos ha dado a luz con nuestro bautismo, siendo antorcha para nuestros pasos. Porque no estamos muertos y tenemos que compartir la vida que hay en nosotros y que recibimos con la gracia del bautismo.

Como hombres tenemos miedo a lo desconocido, al sufrimiento, al rechazo, al que dirán, no es fácil, lo sé, ya lo dijo Jesús: Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. : (Cf. Mateo 5: 11). Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; (Cf. Mateo 5: 12)

Desde mi realidad personal, contemplo los distintos rostros de la sociedad hoy: “Un mundo que bajo el dominio del pecado, nos permite ver en toda su crudeza, su rostro grotesco y desfigurado; las distintas imágenes de la realidad actual: la violencia, en cualquiera de los ámbitos en los que se manifiesta. La intolerancia, los extremismos y tantos otros rostros deteriorados por los acontecimientos; el aborto, la eutanasia, la corrupción, la xenofobia, tantas imágenes que reflejan la pobreza existente socialmente. Semblantes desfigurados, por un falso concepto de lo moderno o lo liberal. Rostros irreconocibles por el sufrimiento, que nos muestran al hombre de hoy, “hijo prodigo” del que nos habla la Palabra en el Evangelio de Lucas, tan necesitado de la misericordia del Padre, que con un corazón fiel nos espera toda la vida, amándonos y perdonándonos continuamente, porque Dios, no se cansa de perdonarnos si volvemos a Él con el corazón arrepentido. (Cf. Papa Francisco)”. (Cf. Original, Apóstol de la Palabra, autora Genoveva Perera Berenguer)

Teresa de Calcuta decía de sí misma: no estoy llamada a tener éxito, sino a ser fiel.

Debemos ser fieles, al Evangelio, a nuestra vocación, al llamado que nuestro querido papa Francisco nos hace a cada uno, como iglesia universal y en salida, porque Dios ha mirado nuestra pobreza y se ha hecho carne en ella, en el que sufre, en el enfermo, en el joven. Fidelidad y confianza en Dios, en lugar de perderse en los resultados o en la popularidad porque no es cuestión de prestigio, sino de servicio, de ocupar el último lugar, de amar más para cuidar y proteger al necesitado porque todo lo que hagamos lo hacemos por alguien, por Jesús. Solamente El haría que nuestro humilde servicio pueda dar fruto en el necesitado (Cf. Mt 25, ver 40)

En mi corazón, hoy, hay una profunda y elocuente certeza, que cualquier logro es de Dios porque solo en nuestra nada Él puede mostrar su grandeza. Dejar que Él nos conduzca cada día, testimoniando a Cristo entre los jóvenes que no le conocen.

Un buen día, Nicodemo, a altas horas de la noche, se acerca a Jesús y le dice:” Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él."

"En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios." – Respondió Jesús.

"¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?"-Nicodemo preguntó nuevamente a Jesús.

"En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. (Cf. Juan 3, ver 1-21)

Del agua y del Espíritu. Estas dos realidades tan opuestas entre si tienen algo en común, carecen de cuerpo físico pero tienen naturaleza, ambas confirman en mi vida aquello que proféticamente, mi hermano Noel, compartió conmigo en uno de sus pasados encuentros. Para llegar a este conocimiento personal de Dios y de su Palabra, he tenido que vivir mi propia kénosis personal.

Dolor, sufrimiento y rechazo porque no cediendo a los pareceres cambiantes de otros, opté por vivir la radicalidad del Evangelio, sirviendo y amando, en mi caso, a jóvenes con problemas.

Nacer de nuevo, para descubrir a Jesús en mi vida de un modo distinto, compartiendo con El, la sed de amor que los jóvenes hoy tienen de Dios.


Genoveva Perera Berenguer.

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"SINERGIA"

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