¿Vivimos como Renovación, la Espiritualidad de Pentecostés?
El pasado mes de febrero, concretamente los días 17 y 18, la Renovación
Carismática Católica celebraba el cincuenta aniversario de su nacimiento, como
corriente de gracia; acontecimiento, que tuvo como protagonistas, a un grupo de
jóvenes y profesores, en un retiro de fin de semana, en la Universidad católica
de Duquesne, Pittburgh, (Pensilvania). Este suceso extraordinario, que promueve
y dirige el Espíritu Santo, ha cambiado el curso de la historia de tantos
hombres y mujeres, que como yo, en el camino de sus vidas, se han encontrado
con Cristo, en un seminario de vida en el espíritu.
Durante todos estos años, y ya son veinticinco, no me he cansado de
repetir que esta Renovación, a la que amo profunda y sinceramente, lo ha sido
todo para mi familia y para mí. Del mismo modo, puedo imaginar, que está
vivencia mía, ha sido la misma de tantos creyentes, que como yo, en el pasado y
el presente de su historia, continúan experimentando, la gozosa experiencia del
encuentro con Cristo, Vivo y resucitado, en un grupo de la Renovación
Carismática. Este es un misterio, que Dios, quiso compartir, en primer lugar,
con mis hermanos de sangre, luego conmigo y también con mis padres, para
concluir, con mi esposo. Tras veinticinco años de vivencia carismática, puedo
decir que aún hoy, no he descifrado este enigma, que ha cautivado mi alma y
robado mi corazón. Incluso en este momento, con la alabanza, puedo sentir cómo
toda yo me estremezco y me emociono con el fuego de una pasión, que ha
purificado todas y cada una de mis debilidades humanas, pasadas y presentes.
Pero, volvamos al inicio de este artículo, que pretende tener como
protagonista a la R. C. C.
A comienzos de 1967, la segunda semana del mes de febrero, un grupo de
veinticinco estudiantes, junto con el capellán del campus, dos moderadores de
la facultad y una de sus esposas, participaron de un retiro espiritual en el
centro conocido como el arca y la paloma.
Un retiro espiritual que cambiaría sus vidas. (Cf. Patti Gallagher
Mansfield. Como un nuevo pentecostés). Poco tiempo después de ese fin de
semana, uno de los dos consejeros de la facultad del Chi Rho escribió una carta
a uno de sus amigos en la que contaba lo sucedido: ..." nos encontramos
en un plano de vida cristiana que los libros de texto llaman normal, pero que
la práctica de la lógica parece negar. Nuestra fe ha adquirido vida, nuestras
creencias se han convertido en especie de conocimiento. De pronto, el mundo de
lo sobrenatural se ha convertido en más real que natural. En resumen,
Jesucristo es una persona real para nosotros, una persona viviente, real que es
nuestro Señor y que toma parte activa nuestra vida. (Vean el Nuevo Testamento y
léanlo como si fuera literalmente verdadero, en cada palabra, en cada línea).
La oración y los sacramentos se han convertido realmente en nuestro pan de cada
día, en vez de prácticas que reconocemos como "buenas para nosotros".
Un amor por las escrituras, un amor por la iglesia que nunca creí posible, una
transformación en nuestras relaciones con los demás, una necesidad y un poder
de testimonio más allá de cualquier expectación, todo esto se ha convertido en
parte de nuestra vida. La experiencia inicial del Bautismo en el Espíritu no fue
del todo emocional, pero la vida se ha llenado de calma, confianza, dicha y
paz"...
De este acontecimiento, han transcurrido, cincuenta años. Son muchos,
¿verdad? En la actualidad, tenemos conocimiento de lo sucedido en Duquesne, por
el testimonio de los presentes. Sabemos, por sus palabras, que algo o alguien,
cambió el rumbo de las vidas de estos estudiantes y profesores, que después de
ese fin de semana, nunca volvieron a ser los mismos y esto, también, lo
podríamos afirmar de nosotros, a raíz de nuestro encuentro con Jesucristo.
No obstante, en la actualidad, tengo la impresión, de que muchos de
nuestros hermanos, han tirado la toalla. Después de tantos años de experimentar
y testimoniar la presencia de Cristo en nuestra vida, abatidos y cansados de
nadar en contra de la corriente del mundo, de luchar contra la voluntad de los
hombres, han perdido la esperanza. ¿Quién sabe?, tal vez, en medio de
nuestros deseos y luchas personales, cada uno de nosotros, debamos dejar obrar
a ese mismo Espíritu, que cambió la vida de aquellos jóvenes y profesores
universitarios; nosotros, al igual que ellos, anhelamos una manera nueva,
distinta a la que hemos conocido hasta ahora, de vivir la fe, de experimentar a
Dios en nuestra vida; resistir para no caer en el tedio y en el conformismo de una
existencia sin Cristo. Tal vez, seducidos por ese noble deseo, como un acto de
fe, debamos dejar obrar a Dios en nuestra vida y en nuestro corazón, para que
sea posible la renovación de nuestro espíritu.
Aquellos estudiantes, -“al igual que hoy nos sucede a nosotros”-, no
encontraban una sólida razón para su vida. Sin duda, en la actualidad, muchos
de los nuestros, están viviendo, una situación similar a la de hace cincuenta
años, como creyentes y como carismáticos en ejercicio, experimentamos, ese
mismo estancamiento espiritual, no avanzamos; en muchas ocasiones, tenemos la
impresión, de que no marchamos en la dirección correcta, porque una fuerza
superior a nuestra a fe y nuestras fuerzas, nos impide avanzar en el camino de
la fe.
Y Cansados de luchar cada día, exhaustos, de nadar contra la corriente de
pesimismo que se ha instalado en nuestras comunidades, dejamos que esa
corriente nos arrastre. Y sin tenemos libertad, no podemos continuar. Estancados
en una realidad que apenas conocemos, paralizados por el miedo.
Este escenario, no
solo, podemos verlo en nuestros grupos, también en nuestra vida a diario,
puesto que esta realidad, de la que depende, tanto nuestro crecimiento humano
como espiritual, se ha convertido, en una tara, añadida a nuestra historia, Un
muro, que nos impide descubrir, la grandeza de un movimiento, del que apenas
hemos percibido su extraordinaria belleza y del que se dijo en su momento, que
fue la respuesta de Dios a la plegaria de la Iglesia y también, a la plegaria
de tantas personas corrientes.
Decía, que durante
años, he luchado, cada día, para que esta corriente de resignación y desesperanza,
no se instalara en nuestras comunidades y en mi vida, sin conseguirlo. Hoy, aunque
me duela el corazón, debo decir, que como una gran mayoría, hemos terminado por
encogernos de hombros y resignarnos, con una espiritualidad de mantenimiento. .
Tal vez, quién sabe
–“esta es una opinión personal”, cómo sucedió aquel fin de semana de febrero
de 1967, con el grupo de estudiantes y
profesores; debiéramos dejar al Espíritu, conducir nuestros pasos y al revés.
Experimentar en nuestro interior, el anhelo y el deseo, a modo de búsqueda,
como hicieron nuestros hermanos en Duquesne, para redescubrir y vivir con
autenticidad, la espiritualidad de Pentecostés, la gracia transformante del
Espíritu Santo, tanto en nuestras vidas, como también en su iglesia.
Experimentar el primer fruto de la pasión y resurrección de Cristo, la “Efusión
del Espíritu” el día de Pentecostés, con todo su poder.
Todos sabemos, que la renovación es un
movimiento que dentro de la iglesia, tiene un estilo y una espiritualidad
específica. El cardenal Suenens dijo de nosotros en su momento: que estamos
llamados a ser: “una corriente de gracia que permaneciendo fiel a su fuente,
riegue y fertilice las vidas de tantas personas y comunidades para el bien
común de toda la Iglesia Católica.”
Y siendo así, reconociendo
como verdaderas estas palabras, nosotros también vemos a Dios, en un movimiento
que ha sembrado en nuestros corazones la semilla del amor y la entrega, a
través del servicio. Una corriente de gracia que nos ha enseñado a amar y a
perdonar, amar a nuestra madre, la Iglesia Católica y perdonar, al hermano.
Esta realidad, su
yacente, supone para nosotros, una gran responsabilidad. De un lado, estamos
llamados a guardar como un valioso tesoro la gracia del bautismo en el espíritu
y a fomentarla tal y como se nos ha dado A conocer durante este periodo de
tiempo. Como movimiento tenemos que crecer, y no de manera cuantitativa, sino
de hablamos de madurez espiritual y eclesial para dar a conocer, de un modo
auténtico como la cultura de Pentecostés en la iglesia de hoy. Para ello, tenemos
dos opciones: cuidar y preservar este legado en toda su autenticidad, sin desvirtuarlo,
para bien de nuestros hijos y de los hijos e hijas de la iglesia, y de tantos
padres que han tirado la toalla, en el Rin de la vida, hablo de los jóvenes, o
abandonar.
Hoy, en nuestro
discernimiento, debemos ser honestos, no solamente con nosotros, también con
nuestros hermanos y reconocer la realidad existente; la Renovación, ha
experimentado, en los últimos años, un debilitamiento importante. -¿Pudiera ser,
que cómo movimiento, no hemos sabido cuidar este don que Dios ha concedido a su
iglesia?
Pero,
nosotros... ¿Qué podemos hacer? –“Esa
es la clave de nuestra interrogación”-
Recuerdo en este
momento, las sabias palabras del Papa Juan Pablo II, en uno de los distintos
encuentros, que durante su pontificado, tuvo con la Renovación Carismática:
este hombre humilde, llegó a decir de ella lo siguiente: “Gracias al
Movimiento Carismático, una multitud de cristianos, hombres y mujeres, jóvenes
y adultos han redescubierto Pentecostés como una realidad viva en su vida
diaria. Espero que la espiritualidad de Pentecostés se difunda en la
Iglesia como renovado impulso de oración, de santidad, de comunión y anuncio.”
Este mismo mensaje, ha sido repetido en distintas ocasiones, por su sucesor, el
también papa, Benedicto XVI.
Yo creo, y lo digo
con humildad, que este es un tiempo en el que el Paráclito, está haciendo cosas
extraordinarias, cosas que ni si quiera imaginamos. Y que nosotros, como Renovación
Carismática, somos cooperadores de su gracia, en la iglesia, en el mundo, entre
los hombres, porque somos, una corriente de gracia que conduce el Espíritu de
Dios.
Para concluir, desde
nuestra óptica carismática, me gustaría profundizar en estas cuatro imágenes,
que reflejan muy claramente, el sentido de la espiritualidad de Pentecostés,
así como también, nuestra vivencia como hermanos:
Renovado impulso de oración.
Benigno Juanes, en uno de sus libros dedicado a la vida de
los grupos, afirmó, que la oración de alabanza es como la gasolina para el
motor de un coche, todos sabemos, que sin gasolina, el motor de un coche no se
pone en marcha. De la misma manera, nos pasa nosotros, sin oración, es
prácticamente imposible crecer y avanzar. Como el del coche, sin oración, a
nuestro motor, le resulta imposible ponerse en marcha.
Recordemos, que es el
Espíritu Santo, quien nos impulsa a orar con mayor fervor y fe, quien suscita
ese deseo en el corazón del hombre y que lo hace, en las diversas modalidades
de oración cristiana que se conocen actualmente: la alabanza, la acción de
gracias, la petición, el arrepentimiento, o la oración en lenguas…siendo la
oración de alabanza la más importante. Un carismático sin oración de alabanza, jamás podrá experimentar en su vida la
espiritualidad de Pentecostés.
Este mismo Espíritu nos empuja hacia adelante. Bajo su
gracia damos frutos que perduran. Nos convertimos en personas maduras, capaces de
ver de una forma amplia el futuro. Y todo esto sucede cuando dejamos obrar a
Dios en nuestro interior, cuando dejamos que sea su
Espíritu el nos guíe, quien vaya delante de nosotros, abriéndonos puertas,
preparando el camino. Quien obre en nuestra vida por medio de la oración.
El
renovado impulso de santidad.
Recuerdo, de un
pasado encuentro, una predicación del padre Manjackal, en la que él decía, que
como cristianos y carismáticos, estábamos llamados a ser santos, o sea, entiendo yo, que cada
uno de nosotros, aun siendo distinto, en el ser y en el parecer, debe vivir y
experimentar esta llamada a la santidad, de forma individual y comunitaria, sin
experimentar ningún tipo de ataduras o condicionantes que mermen este
crecimiento, o sea, en libertad. Experimentar la gracia de la santidad, tanto
en nuestra vida personal, como espiritual y comunitaria, para recoger los
frutos maduros del Espíritu en nuestra realidad diaria... ¿cuáles son estos frutos?... ¿experimentas esta gracia en tu
vida? (Medita).
El renovado impulso de comunión
eclesial y fraterna.
En nuestros grupos,
retiros y asambleas carismáticas participamos de la fe, los sacramentos; la Eucaristía,
que nos une a Cristo y a los hermanos, en el misterio del amor. Vivimos y
compartimos los carismas y dones espirituales y en la raíz de esta comunión,
está la caridad, que no “busca su propio interés” (Cf. 1ª Cor 13,5) ni la propia
honra o protagonismo.
Siempre, debemos estar
atentos, para que ni nuestro orgullo, o los intereses de cada uno, rompan esa
comunión con el Espíritu, que nos fue dado sin mérito alguno, en Pentecostés.
El Espíritu siempre seguirá impulsándonos a orar juntos, con un mismo sentir y un
mismo corazón, proclamando las maravillas de nuestro Dios. Todo aquello que nos
aparte de esta comunión debe ser rechazado porque nos aparta del auténtico don,
el hermano.
El renovado impulso
del anuncio.
Todos hemos leído "El capítulo 2 de hechos de los
apóstoles", lectura con la que el evangelista Lucas, hace referencia a la llegada del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico, el día de Pentecostés.
Sabemos, por lo que cuenta el propio evangelista, cuál fue la experiencia de
los apóstoles y cómo, impulsados por el Paráclito, comenzaron a proclamar a Jesús
sin temor alguno, como Señor y Salvador.
Esto es lo que habitualmente conocemos por "kerigma".
Esta debe ser para
nosotros, la primera de nuestras tareas. Si somos pueblo carismático, tenemos
que seguir difundiendo la Buena Nueva, a un mundo necesitado de esperanza, de
amor, de este Dios nuestro que se hizo hombre para salvar al hombre, necesitado
de ser acompañado en su soledad, para que el ser humano pueda descubrir que no
está sólo, que no ha sido abandonado por su Creador.
Debemos ser mensajeros de ese mismo Dios,
empezando por aquellos, a los que Él ha puesto a nuestro lado.
Nuestras comunidades tienen que ser grupos de
evangelización; hombres y mujeres que rompan con la comodidad, que salgan del
círculo de la comunidad para dar a conocer a Cristo, para que el hombre de hoy
se encuentre con el Señor. Tenemos que recuperar el entusiasmo. Todos somos
partícipes de ese anuncio con nuestras palabras y vida.
Estos cuatro puntos
resumen, según mi criterio, la espiritualidad de Pentecostés, espiritualidad que
debemos no solo preservar, sino vivir en primera persona: renovado impulso de oración -¿cuido mi oración
personal y comunitaria y me dejo renovar por el Señor cada día?; renovado impulso de santidad-¿acojo como mía, la llamada que Dios me
hace a vivir la santidad y colaboro con su gracia?; renovado
impulso de comunión eclesial y fraterna: ¿colaboro con el
Espíritu de Dios en esa comunión, amo a mis hermanos, los respeto y valoro, tal
cual, con sus defectos?; renovado impulso de anuncio: ¿cómo evangelizo? ¿Cuánto tiempo dedico al día a hablarles a
los demás de Jesús?
Hoy me
pregunto y te pregunto: ¿en qué medida, cómo carismático y cómo
católico, vivo yo la espiritualidad de Pentecostés?
Lo importante, para cada uno de nosotros, en
este momento, es que no podemos quedarnos sin hacer nada, como meros
espectadores de una realidad que para nada nos resulta atrayente; que es
necesario una continua renovación, tanto del cuerpo comunitario, como de las
estructuras de la que nos hemos rodeado, porque Dios es siempre nuevo y está
deseoso, de podernos utilizar para extender su Reino y dar a conocer el anuncio
kerigmatico.
Cuando nos
convertimos en una institución y no corremos riesgos, cuando nos acomodamos y
no damos frutos nuevos, algo no estamos haciendo bien. Debemos comenzar a
correr riesgos, a dar pasos, a ser valientes. Siempre podemos encontrar razones
para no hacer nada, podemos encontrar mil y una excusas para no hacer nada,
pero cuando Dios habla, tenemos que oír lo que comunica a su pueblo y también,
ponerlo en práctica.
Si la Renovación, o sea, tú y yo,
queremos vivir esta espiritualidad, tenemos que pedir, como hizo Pablo VI, "un
Pentecostés permanente", en la oración personal, diaria y comunitaria,
pedir con fe: ¡ven Espíritu Santo y renuévame!, tenemos que invocarlo
constantemente y el Señor, podrá hacer maravillas en nosotros.
El Señor nos
invita en su palabra: "llamad y se os abrirá". Que nunca,
nos cansemos de invocarlo, que nunca nos cansemos de buscar a Dios, para
conocerlo y amarlo más y más, viviendo aquello que de boca proclamamos, con
nuestra alabanza.
¡Feliz
cincuenta aniversario!

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